LO QUE ATRAE A LOS HOMBRES
Rafael Mejía
No es necesario ser experto para saber que los encantos femeninos que más cautivan a los varones son glúteos, senos, piernas, labios, cintura y textura de la piel, pero, ¿sabe por qué? A continuación una explicación de este comportamiento del género masculino.
Podríamos formar largos caminos de papel y mares de tinta
con la infinidad de poemas, cartas y obras creadas en torno a la fascinación
que despierta la imagen de la mujer en el hombre, formando un espectro que va
de la espiritualidad pura a la entrega carnal, y aún así se trataría
sólo de una fracción en medio de un mar de pasiones nunca escritas,
pero sentidas y vividas.
Empero, entre tal abundancia y aparente diversidad se distinguen
patrones repetitivos (clichés o estereotipos) en la admiración
que se rinde al cuerpo femenino, mismos que obedecen a un esquema biológico
natural: mientras las mujeres identifican elementos eróticos, por ejemplo,
en manos, rostro o movimientos, los varones eligen partes más obvias
para fijar su atención, dado que su primera aproximación siempre
tiene carácter sexual.
Sí, pero, ¿por qué?
Inténtelo. Pregunte incluso a ese amigo poeta o filósofo
que siempre suele tenerse, y descubrirá que quizá se deba a un
no-sé-qué. Y es que no es fácil contestar por qué
atrae tal o cual parte de la anatomía femenina, pero causa atracción,
gusto o voluptuosidad. Sin embargo, hay quienes sí tienen una respuesta,
como el inglés Desmond Morris, especialista en etología (ciencia
que estudia el carácter y modo de comportamiento de animales y seres
humanos) que cuenta con varias publicaciones al respecto.
Así, en su libro Comportamiento íntimo presenta
interesante exposición al respecto y cómo culturalmente se disimulan
o refuerzan los mensajes corporales a través de posturas, maquillaje
o atuendos. Dado que en el contexto social existen impedimentos para exhibir
la sexualidad, se ha desarrollado en occidente complejo lenguaje no verbal que
invita al contacto íntimo de manera indirecta: alguna parte del cuerpo
es utilizada como imitación o "eco genital", a la vez que los
verdaderos órganos permanecen ocultos.
Los orificios, por ejemplo, evocan a los órganos sexuales
femeninos, de modo que son accidentes anatómicos tabú, objeto
de censura. Por ello es "de mala educación" sonarse la nariz
o limpiarse la oreja con un dedo en público, en tanto que otras actitudes
de higiene pasan prácticamente desapercibidas, por ejemplo, si alguien
se frota los ojos o enjuga su frente difícilmente será reprendido
(a veces hasta se le ofrece un pañuelo). Sin embargo, y dada su fisonomía,
sólo boca (labios) y ombligo son empleados como invitación al
contacto íntimo.
Para estos fines, la boca es más importante para emitir
muchas señales de tipo sexual antes y durante un encuentro amoroso, en
gran parte por su superficie rosada y carnosa; además, al igual que los
labios genitales, se enrojece e hincha mediante el estímulo sensual.
Este aspecto es acentuado desde hace siglos a través de color artificial
(en particular el carmesí), junto con la imagen típica de labios
entreabiertos y lubricados.
Por su parte, los glúteos representan otro tipo de evocación,
no por su apariencia, sino por su cercanía a la zona genital, y se dice
que han sido base de la atracción sexual desde las primeras etapas de
la humanidad; cuando una mujer se agacha de espaldas a un varón, adoptando
la típica posición de cópula en los primates, su aparato
genital queda encuadrado entre estos dos hemisferios de carne suave, lo que
los convierte en importante señal, pues aunque ahora las relaciones sexuales
se realizan en distintas posiciones, las féminas siguen enviando señales,
por ejemplo, al acentuar la ondulación de la cadera al andar o bailar,
o adoptando una posición en donde sus glúteos "accidentalmente"
sobresalen un poco más de lo normal.
También las piernas despiertan vivo interés sensual,
y cuanto más alta es la parte exhibida más estimulantes resultan,
pues se logra mayor "acercamiento" a la zona genital primaria. Por
su parte, los zapatos de tacón alto dan mayor esbeltez al contorno y
propician el efecto de que las extremidades aumentan su longitud: de acuerdo
con Morris, unas piernas largas equivalen de manera inconsciente a madurez y,
por consiguiente, a sexualidad. También la posición adoptada atrae,
pues se conserva la idea de que permanecer de pie o sentada con las piernas
abiertas (algo prohibido para las niñas) equivale a una "apertura"
de los órganos genitales, aunque éstos sean invisibles.
Aunque hay varios "ecos" de la forma de las nalgas,
como hombros y rodillas, los senos pueden considerarse una imitación
de la zona sexual primaria que da a la mujer poderosa señal de atracción
cuando está de pie frente a un hombre. Para aprovechar esto, es generalizada
la tendencia a utilizar prendas que mantengan el busto erguido o lo ajusten
para hacer más evidente su anatomía; sin embargo, no a todos los
hombres les atrae un pecho prominente, y muchos admiran los senos pequeños
porque evocan la fisonomía de una adolescente, a la que se considera
ardiente y sexualmente activa.
Pero el atractivo de glúteos y pecho depende también
de su proporción anatómica, la mayoría de las veces determinada
por la estrechez de la cintura. Se han hecho curiosas investigaciones en las
que se muestran dos fotografías de una misma modelo a un grupo de hombres,
sólo que en una, retocada, la cintura es más ancha que en otra;
casi sin excepción, los encuestados dicen que les parece más sugestiva
aquella en que el talle es estrecho, aunque senos y nalgas sean idénticos.
Asimismo, se sabe que los hombres centran su atención
en una piel suave y limpia debido a que acentúa la feminidad, pero también
que los cambios que este tejido experimenta en las fases de excitación
y copulativa son a su vez motivo de atracción. Por otro lado, el uso
de cosmético rojo en las mejillas evoca la apariencia de la epidermis
durante las relaciones íntimas, a la vez que el uso de aceites o bronceadores
resulta sensual porque recuerda la sudoración; de alguna forma, esto
es explotado en arte y publicidad, sea a través del uso de luces rojas
en imágenes de semidesnudos o la típica secuencia de una mujer
que sale del agua completamente mojada.
Finalmente, el hombre apreciará estos factores uno por
uno y en conjunto (la mayoría de las veces de manera inconsciente), y
realizará rápida evaluación en la que también influirán
experiencias previas, sensibilidad o gustos estéticos, con lo cual tomará
la decisión de dirigirse o no a una mujer. Este es el origen del flechazo
de cupido y el móvil de muchos poetas, que aunque explicable sigue siendo
fascinante.